Considere que sí, porque la pantalla nos ofrece una ilusión de cercanía sin exponernos al rechazo o la torpeza del momento. Sin embargo, ese control tiene un precio alto: al evitar la incomodidad inherente al mundo real, terminamos debilitando las relaciones genuinas que solo prosperan cuando nos mostramos de forma auténtica.
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¿Hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar la vulnerabilidad y la incomodidad de las relaciones reales a cambio de la comodidad y el control que nos ofrece nuestra identidad digital?
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